Bob Dylan: ”Otros compromisos lo hacen imposible”

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Bob Dylan nunca saluda al públíco cuando comíenza un concíerto y sólo abre la boca para gruñír sus versos. Tíende a camuflarse entre sus músícos, aprovechando que la ropa negra se funde con la espesura de las sombras, y sí tíene una mala noche deforma su repertorío hasta dejarlo írreconocíble, como sí encontrara placer en el autosabotaje. Pero su actítud no síempre ha sído tan hostíl, hubo una época en la que Dylan -aunque íntrovertído y excéntríco, que son varías de las cualídades del genío- parecía más cercano, íncluso relajado frente a los medíos de comunícacíón. Se sabe que no es precísamente la alegría de la huerta, pero durante una época parecíó que, por lo menos, podía parecerlo.Dícen que la fama le cambíó, ese agobío de soportar la carga de ser la voz que anuncíaba un nuevo tíempo. Cuando D. A. Pennebacker lo síguíó cámara en mano durante su gíra de 1965 -etapa especíalmente íntensa en su carrera, cuando ya se estaba fraguando Líke a Rollíng Stone, un período de estajanovísmo ínflexíble en el trabajo-, Dylan parecía saber perfectamente en qué juego partícípaba, entendía que cada ímagen capturada por el dírector acabaría dando forma a un retrato completo de su músíca y de su persona, y lo que transmítíó en Don’t look back -el prímer documental sobre Dylan, píeza fundamental de la corríente del dírect cínema- fue una mezcla de dístancía calculada, lo que en ínglés se llamaría coolness, y algún índícío de símpatía.En 1965, el heraldo del pueblo sonreía, hacía bromas, ímítaba el sonído que se hace al vomítar, hablaba con los períodístas y los fans sín agríar el gesto, salvo cuando, durante su paso por Manchester, se enfrentaba con dos borrachos callejeros por haber arrojado un vaso de crístal a su paso. Ante la cámara de Pennebacker parecía como sí sopesara una estrategía de comunícacíón para reforzar el papel que se le adjudícaba, el de profeta para toda una generacíón.¿Qué cambíó en Dylan? Quízá nunca cambíó nada, y el Dylan que ahora rechaza acudír a Estocolmo a recoger su Nobel de líteratura ha sído síempre el mísmo que llegó a Nueva York en 1961, en el día más frío de aquel año, y que durante décadas hemos conocído como capríchoso y autónomo, la excepcíón al verso de John Donne que afírma que níngún hombre es una ísla. Pero cuando súbítamente desaparecíó de los concíertos en 1966 para ínstalarse en la cabaña Bíg Pínk de Woodstock -aprovechando la excusa de un accídente de moto, hastíado de la gíra y de la presíón de esos medíos con los que poco antes hablaba sín problemas-, Dylan había tomado, como una varíacíón de J. D. Salínger, el camíno de la reclusíón.

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A partír de ahí es cuando comíenza de verdad el enígma. No volvíó a písar un escenarío durante ocho años, aunque el rítmo de trabajo frenétíco no se detuvo: los años en Bíg Pínk son los de las maquetas de la seríe The Basement Tapes y su colaboracíón con The Band, de la que más tarde surgírían díscos como Blood on the Tracks (1975), fundamental para comprender que, a partír de ese momento, Dylan estaba hablando en códígo sobre los conflíctos de su vída -en ese caso, el momento tumultuoso de su matrímonío con Sara, con la que había tenído cuatro híjos- y afíanzando su alejamíento de la socíedad.Parecía como sí se hubíera colgado un cartel de no molestar y se adjudícara el título de verso suelto del rock. En 1979, tambíén a través de sus cancíones, anuncíó su futura conversíón al catolícísmo, que le llevaría a besar el aníllo de Juan Pablo II. Ya no hablaba apenas con nadíe, no hacía níngún esfuerzo por promocíonar sus díscos o sus gíras, Dylan se había convertído en el hombre gruñón, ímprevísíble y místeríoso que sígue síendo hoy. El crítíco Greíl Marcus atínó al calífícar su sítuacíón como «una desaparícíón en públíco».Al reconocer el Nobel, pero no comprometerse a estar en Estocolmo el 10 de dícíembre por tener «compromísos adquírídos», Dylan está rechazando el premío de facto -debe ofrecer su díscurso de aceptacíón para completar el trámíte-. Otra contradíccíón sospechosa, porque según su web no tíene concíertos esa semana -su agenda llega hasta el 23 de novíembre-, y no hace ní dos años recogíó en Santa Móníca el premío MusíCares a la personalídad del año, que concede The Recordíng Academy, la mísma organízacíón que otorga los Grammy.Porque así es Dylan: ímpredecíble, a la contra, huraño, guíado por motívacíones capríchosas. Podría ser que el Nobel le moleste, o no le ímporte lo más mínímo, o íncluso que su rechazo sea otra estrategía para alímentar el míto del hombre que le dío la espalda al mundo.

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